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El Manifiesto Comunista de Marx y Engels* |
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Viernes 22 de Febrero de 2013 07:34 |
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1848 – Febrero – 2013 Por Teófilo Bellido Históricamente el Manifiesto del Partido Comunista es la primera formulación sistematizada de la teoría revolucionaria del proletariado mundial. Considerado el texto programático y político de mayor repercusión en la era contemporánea, una de las obras más profundas de crítica a la sociedad capitalista. Lenin dijo de él: "Este breve folleto tiene el mérito de un volumen completo. Hasta hoy día, su espíritu inspira y guía a todo el proletariado organizado y luchador del mundo civilizado". Elaborado por Carlos Marx y Federico Engels entre diciembre de 1847 y enero de 1848 por encargo del congreso de la Liga de los Comunistas celebrado en la capital de Inglaterra, noviembre de 1847. Apareció por primera vez en febrero de 1848 en el mismo Londres como un folleto de 23 páginas escrito en alemán, después se expandió por todo el mundo y tuvo innumerables reediciones y traducciones. Este breve escrito es un enorme esfuerzo de síntesis y precisión de los fundamentos del socialismo científico, concentra el desarrollo del pensamiento de Marx y Engels hasta entonces; al mismo tiempo es el punto de partida de las tesis que desarrollarían mas adelante. Alguien ha dicho que es una de la obras de contenido ideológico con mayor vocación práctica de la historia de la humanidad. Nunca antes en pocas páginas se expuso tan profundamente una concepción en favor del proletariado como clase social desposeída a la que Marx le fijó la misión histórica de sepulturero de la burguesía, la clase social del capitalismo, sistema que acumula riqueza apropiándose de lo socialmente producido mediante la explotación del trabajo asalariado. Carlos Marx y Federico Engels se convirtieron en el cerebro de una fuerza hasta entonces portadora de una rebeldía espontánea a la que le dieron consistencia y fundamento. Leído y debatido no sólo en el campo de la ideología y la política sino también en diferentes esferas del conocimiento y la sociedad. Su contundencia siempre ha despertado la ira de la burguesía y de sus ideólogos que en diversas etapas lo declararon obsoleto e inútilmente trataron de desaparecerlo. Muchas veces satanizado, incautado y quemado por regímenes reaccionarios y feroces dictaduras. EL MANIFIESTO EN EL MUNDO ACTUAL En más de ciento sesenta y cinco años ha inspirado la lucha por el socialismo, insurrecciones y movimientos de liberación nacional, la construcción de partidos comunistas y obreros; en igual forma, huelgas y grandes movilizaciones de masas. Sin duda, es un documento paradigmático de la revolución, aquella que tiene por objeto la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista que emancipe no sólo a los trabajadores sino a la humanidad entera. La metamorfosis del capitalismo y los grandes cambios operados en las últimas décadas no han modificado la esencia de las relaciones de dominio y explotación, en sus entrañas se mantiene la contradicción entre el capital y el trabajo como sustento material de la existencia y lucha de clases. Mientras las desigualdades sociales han crecido hasta límites inimaginables la mayor parte de la riqueza está concentrada en un pequeño grupo de poderosos oligarcas en torno a las transnacionales protegidos por gobiernos y partidos políticos sumisos que defienden sus intereses. La estrategia de guerra imperialista para dominar el planeta, incluso a sangre y fuego, ha ampliado la lucha de los trabajadores a otros sectores de la población y pueblos enteros por el cambio, robusteciéndola con otros sujetos sociales. Nuevos conflictos han dado origen a nuevos actores, movimientos, discursos y políticas en América Latina y el mundo, de ello no podemos abstraernos. En estos tiempos corresponde al Manifiesto una lectura alejada del dogma con un enfoque dialéctico y reflexivo tomando en cuenta los nuevos fenómenos y mutaciones del capitalismo. Siendo así, el Manifiesto fluye como un icono útil para la batalla de las ideas, para el análisis e interpretación objetiva de la realidad y las luchas por un mundo mejor; caso contrario, se convierte en un documento de monasterio, petrificado, castrado en su esencia de ser un instrumento para la transformación revolucionaria de la sociedad, válido sólo para su “estudio” evocando el pasado. Su llamamiento final ¡Proletarios del Mundo, Uníos! se perenniza como principio universal de unidad de todos los trabajadores y explotados que se alzan contra la opresión capitalista y se extiende a los pueblos contra la miseria y el atraso. El Manifiesto del Partido Comunista continúa siendo un poderoso instrumento para elevar la conciencia y organización revolucionaria. Es uno de los documentos de obligada lectura, estudio y enriquecimiento de quienes, pese a los temporales reveses de la caída de la Unión Soviética y el socialismo de Europa del este, revitalizan sus ideas socialistas animados por la Cuba de Fidel, los pueblos y gobiernos de liberación en muchos países de América Latina, las gigantescas movilizaciones de los trabajadores y diversos sectores sociales en Europa donde las fórmulas neoliberales han fracasado estrepitosamente generado crisis profundas crisis. Siempre será un ingrediente teórico para acerar la firmeza en la palabra y en la acción. * Este artículo fue escrito y publicado el 24 de enero del 2007 con motivo de los 159 años del Manifiesto de Partido Comunista, con el título referido a ese aniversario. En tanto conserva validez, es reeditado con nuevo titulo, agregados y correcciones, como homenaje a un nuevo aniversario de este documento histórico. (Nota de Teófilo Bellido) |
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Ultima actualización ( Viernes 22 de Febrero de 2013 07:42 )
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Lincoln: El film del socialismo ignorado |
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Domingo 17 de Febrero de 2013 18:47 |
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Aspectos revolucionarios de Abraham Lincoln que ni la película ni la cultura dominante en EEUU recuerda o conoce, convenientemente olvidada en los aparatos ideológicos del establishment estadounidense controlados por la Corporate Class. Gabriel R. Otazo* (Diplomado en Ciencia Política)
La película “Lincoln”, producida y dirigida por uno de los directores más importantes de los Estados Unidos, Steven Spielberg, ha reavivado un gran interés por la figura del presidente Lincoln, uno de los presidentes que, como el presidente Franklin D. Roosevelt, ha intervenido siempre en el ideario estadounidense con gran recuerdo popular. En este film se destaca la figura política de Lincoln como la garante de la unidad de Estados Unidos, tras derrotar a los confederados que aspiraban a la secesión de los Estados del Sur de aquel Estado federal. También destaca a una figura que resalta en la historia de los Estados Unidos por haber abolido la esclavitud, y haber dado la libertad y la ciudadanía a los descendientes de las poblaciones inmigrantes de origen africano, dato no menos a la hora de recordar a aquél presidente. Abraham Lincoln nació el 12 de febrero de 1809 en una granja situada a 5,2 kilómetros de la ciudad de Hodgenville, en el actual condado de LaRue del Estado de Kentucky. Sus padres, Thomas Lincoln y Nancy Hanks, habían nacido en Virginia y como tantos pioneros agricultores se habían trasladado al oeste. Entre tantos roles que cumplió Lincoln en la sociedad norteamericana, se puede destacar el de fundador del Partido Republicano, que en sus orígenes fue directamente opuesto al Partido Republicano actual, que está hoy altamente influenciado por un movimiento –el Tea Party- chauvinista, racista y sumamente reaccionario detrás del cual hay intereses económicos y financieros que quieren eliminar la influencia del gobierno federal en las vidas económicas, sociales y políticas del país. En este sentido, el Partido Republicano fundado por el presidente Lincoln era, por el contrario, un partido federalista, que consideró al gobierno federal como garante de los Derechos Humanos, y dentro de ellos la emancipación de los esclavos, tema central de la película Lincoln, fue al que Lincoln dio mayor importancia e hincapié y llevó a cambiar no solamente su perfil político, sino también el rol de un estado en una sociedad que estaba empezando a constituirse social y políticamente. Por otro lado, Lincoln, incluso antes de ser presidente, consideró otras conquistas sociales como parte también de los Derechos Humanos, y entre ellas, el derecho del mundo del trabajo a controlar, no sólo su trabajo, sino también el producto de su trabajo. El derecho de emancipación de los esclavos transformaba al esclavo en una persona libre asalariada, unida –según él- en lazos fraternales con los otros miembros de la clase trabajadora, independientemente del color de su piel. Sus demandas de que el esclavo dejara de serlo y de que el trabajador –tanto blanco como negro- fuera el dueño, no sólo de su trabajo, sino también del producto de su trabajo, eran igualmente revolucionarias. De allí encontramos dos tipos de emancipación: emancipación de la esclavitud, la cual requería que la persona fuera la dueña de su trabajo y, por otro lado, que la emancipación de la clase trabajadora que significaba que la clase trabajadora fuera la dueña del producto de su trabajo. Y, en este sentido, Lincoln demandó los dos tipos de emancipación. Pero el segundo tipo de emancipación, ni siquiera se cita en la película y es un grave error, error que en realidad se ignora. Si recorremos brevemente el mundo cultural de los Estado Unidos, podemos observar y evidenciar que la historia formal que se enseña en las escuelas y en las universidades de ese país es muy sesgada, purificada de cualquier contaminación ideológica procedente del movimiento obrero, sea socialismo, comunismo o anarquismo. La gran mayoría de estudiantes estadounidenses, incluso de las universidades más prestigiosas y conocidas, no saben que la fiesta del 1º de Mayo, celebrada mundialmente como el Día Internacional del Trabajo, es una fiesta en homenaje a los sindicalistas estadounidenses que murieron en defensa de trabajar ocho horas al día (en lugar de doce), victoria que inició tal reivindicación exitosa en la mayoría de países del mundo. La historia real de Estados Unidos es muy distinta a la historia formal promovida por las estructuras de poder estadounidenses. Lincoln, ya cuando era miembro de la Cámara Legislativa de su Estado de Illinois, simpatizó claramente con las demandas socialistas del movimiento obrero, no sólo de Estados Unidos, sino también a nivel mundial. En realidad, Lincoln, tal como indiqué al principio del artículo, consideraba como un Derecho Humano, el derecho del mundo del trabajo a controlar el producto de su trabajo, postura claramente revolucionaria en aquel periodo (y que continúa siéndolo hoy), y que ni la película ni la cultura dominante en EEUU recuerda o conoce, convenientemente olvidada en los aparatos ideológicos del establishment estadounidense controlados por la Corporate Class. En realidad, Lincoln consideró que la esclavitud era el dominio máximo del capital sobre el mundo del trabajo y su oposición a las estructuras de poder de los Estados sureños se debía precisamente a que percibía estas estructuras como sustentadoras de un régimen económico basado en la explotación absoluta del mundo del trabajo. De ahí que viera la abolición de la esclavitud como la liberación no sólo de la población negra sino de todo el mundo del trabajo, beneficiando también a la clase trabajadora blanca, cuyo racismo él veía que iba en contra de sus propios intereses. Lincoln también indicó que “el mundo del trabajo antecede al capital. Quizás le sorprenderá a gran número de lectores saber que los escritos de Karl Marx influenciaron a Abraham Lincoln, tal como documenta en gran detalle John Nichols en su excelente artículo “Reading Karl Marx with Abraham Lincoln Utopian socialists, German communists and other republicans” publicado en Political Affairs el año pasado. Siguiendo esta interesante investigación podemos decir que los escritos de Karl Marx eran conocidos entre los grupos de intelectuales que estaban profundamente insatisfechos con la situación política y económica de EEUU, como era el caso de Lincoln. Marx escribía regularmente en The New York Tribune, el rotativo intelectual más influente en Estados Unidos en aquel periodo. Su director Horace Greeley se consideraba un socialista y un gran admirador de Marx, al cual invitó a ser columnista de tal diario. En las columnas de su diario incluyó gran número de activistas alemanes que habían huido de las persecuciones ocurridas en la Alemania de aquel tiempo, una Alemania altamente agitada, con un naciente movimiento obrero que cuestionaba el orden económico existente. Algunos de estos inmigrantes alemanes (conocidos en los Estados Unidos de aquel momento como los “Republicanos Rojos”) lucharon más tarde con las tropas federales en la Guerra Civil, dirigidos por el presidente Lincoln. Lo que sí podemos afirmar es que Greeley y Lincoln eran amigos. En realidad Greeley y su diario apoyaron desde el principio la carrera política de Lincoln, siendo Greeley el que le aconsejó a que se presentara a la presidencia del país. Y toda la evidencia apunta que Lincoln era un ferviente lector del The New York Tribune. En su campaña electoral para la presidencia de EEUU invitó a varios “republicanos rojos” a integrarse en su equipo. En realidad, ya antes, como congresista, representante de la ciudadanía de Springfield en el Estado de Illinois, apoyó frecuentemente los movimientos revolucionarios que estaban ocurriendo en Europa, y muy en especial en Hungría, firmando documentos en apoyo de tales movimientos. Su conocimiento de las tradiciones revolucionarias existentes en aquel periodo no era casual sino que era fruto de sus simpatías con el movimiento obrero internacional y sus instituciones. Animó a los trabajadores de EEUU a organizar y establecer sindicatos y continuó haciéndolo cuando fue presidente. Y varios sindicatos le nombraron miembro honorario. En su respuesta a los sindicatos de Nueva York subrayó “vosotros habéis entendido mejor que nadie que la lucha para terminar con la esclavitud es la lucha para liberar al mundo del trabajo, es decir, a liberar a todos los trabajadores. La liberación de los esclavos en el Sur es parte de la misma lucha por la liberación de los trabajadores en el Norte”. Y durante la campaña electoral, el presidente Lincoln promovió la postura en contra de la esclavitud indicando explícitamente que la liberación de los esclavos les permitiría a los trabajadores exigir los salarios que les permitirían vivir decentemente y con dignidad, ayudando con ello a aumentar los salarios de todos los trabajadores, tanto negros como blancos. Por otro lado, Marx, y también Engels, escribieron con entusiasmo sobre la campaña electoral de Lincoln, en un momento en que ambos estaban preparando la Primera Internacional del Movimiento Obrero. En un momento de las sesiones, Marx y Engels propusieron a la Internacional que enviara una carta al presidente Lincoln felicitándolo por su actitud y postura. En su carta, la Primera Internacional felicitaba al pueblo de EEUU y a su presidente por, al terminar con la esclavitud, haber favorecido la liberación de toda la clase trabajadora, no solo estadounidense, sino también la mundial. El presidente Lincoln respondió, agradeciendo la nota y respondiendo que valoraba el apoyo de los trabajadores del mundo a sus políticas, en un tono cordial, que, por cierto, creó gran alarma entre los establishments económicos, financieros y políticos a ambos lados del Atlántico. Estaba claro, a nivel internacional que, como señaló más tarde el dirigente socialista estadounidense Eugene Victor Debs, en su propia campaña electoral, “Lincoln había sido un revolucionario y que por paradójico que pudiera parecer, el Partido Republicando había tenido en su orígenes una tonalidad roja”. Ni que decir tiene que ninguno de estos datos aparece en la película Lincoln, ni son ampliamente conocidos en EEUU. Pero, como bien señalan John Nichols y Robin Blackburn (otro autor que ha escrito extensamente sobre Lincoln y Marx), para entender a Lincoln hay que entender el periodo y el contexto en los que él vivió. Lincoln no era un marxista y no era su intento eliminar el capitalismo, sino corregir el enorme desequilibrio existente en él, entre el capital y el trabajo. Pero, no hay duda de que fue altamente influenciado por Marx y otros pensadores socialistas, con los cuales compartió sus deseos inmediatos, claramente simpatizando con ellos, llevando su postura a altos niveles de radicalismo en su compromiso democrático. Es una tergiversación histórica ignorar tales hechos, como hace la película Lincoln. Fuente: El País de Costa Rica: http://www.elpais.cr/frontend/noticia_detalle/3/78103 |
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La prensa revolucionaria en la era 2.0 |
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Domingo 20 de Enero de 2013 16:01 |
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Por Manel Ros (*)
Internet parece que han dejado en segundo plano a la prensa en papel. Este artículo analiza la realidad tras esta afirmación y el papel de la prensa revolucionaria y las redes sociales. Internet y las redes sociales han tenido, y tendrán, un gran impacto sobre la sociedad. La rapidez con la que puede viajar la información a través de la red es insuperable por parte de cualquier medio físico. No es nada extraño pues que el periódico en papel pueda parecer una cosa del pasado, con poca o ningún tipo de relevancia hoy en día. Pero, ¿es cierto esto? Miremos algunas cifras. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura de 2011, en el Estado español el 77,6% de la población lee periódicos. Mientras que es cierto que, respecto 2010, la cifra ha bajado un 0,5%, se mantiene un claro aumento respecto al 2009. Por otro lado, en el estado tan sólo un 34,9% lo hace en soporte digital. ¿Quiere decir eso que no hay nada de cierto en el aumento de la lectura digital? Ni mucho menos. En el Estado español la lectura en soporte digital ha subido 4,9 puntos entre 2010 y 2011, llegando al 52,7%. A la vez hay que tener en cuenta el fuerte aumento estos últimos años de la lectura de webs, blogs y foros que llega al 42,7% a nivel estatal. Todas estas cifras nos ayudan a situarnos mejor en el debate sobre la prensa en papel en la era 2.0. Pero, sobre todo, nos ayuda a tumbar algunos mitos muy extendidos, y poder afirmar que no sólo la lectura de periódicos no es nada baja, sino que, además, se hace, mayoritariamente, sobre papel. Todo esto, como también indican los datos, no quiere decir que las redes sociales y los soportes digitales no tengan importancia hoy en día, puesto que los lectores digitales aumentan año tras año, pero sí que indica que, como mínimo, el papel tiene una importancia nada despreciable.
¿Qué tipo de prensa? Por su parte, y más allá del soporte en papel o digital, las redes sociales y los medios de comunicación alternativos (entendidos como una alternativa a los grandes medios) están creando muchos problemas al resto de empresas de la comunicación que, hasta ahora, habían mantenido el monopolio de la información. Exponer información que los medios no sacan por intereses, como, por ejemplo, la huelga de hambre de Telefónica, o hablar de temas de los cuales no se habla nunca, como por ejemplo el trabajo de la revista “Cafè ambllet” destapando la corrupción política en la sanidad catalana, es algo no sólo necesario, sino, además, imprescindible para mantener realmente informada la población. Pero, ¿es suficiente para construir un movimiento capaz de acabar con el capitalismo?
A diferencia de la prensa alternativa o de contra información, la prensa revolucionaria no sólo pretende informar, sino que pretende a la vez crear organización, conectar activistas y tratar de influir en las luchas. El periódico revolucionario sirve para interactuar con las personas que lo compran y organizarlas alrededor de ciertas ideas. Cuando alguien compra un periódico como este, no sólo recibe información de lo que pasa, sino que también recibe una serie de ideas de cómo hacer avanzar las luchas y cómo poder llegar a organizar la resistencia en barrios o centros de trabajo. Las redes sociales, blogs o webs tienen una gran capacidad para transmitir información e ideas de forma muy rápida, a la vez que crean red. Pero, al mismo tiempo, tienen la limitación de poder intervenir in situ de forma efectiva en ciertos lugares y momentos claves que todo proceso de transformación social sin duda vivirá. La agitación en las calles y movilizaciones, contactar con la gente más dispuesta a luchar en los centros de trabajo o confrontar a los fascistas en los barrios, establecen una serie de relaciones políticas y debates sobre cómo podemos cambiar el mundo con los posibles lectores, que las redes sociales, blogs o webs no pueden, al menos actualmente, llevar a cabo.
A diferencia de otros momentos en la historia, donde la prensa revolucionaria, como el Ordine Nuovo de Antonio Gramsci, La Batalla del POUM, o el Black Panther del Partido de los Panteras Negras, tenía una fuerte influencia en los movimientos, actualmente esta prensa no es ni la más influyente ni la que tiene más circulación. A pesar de eso, esto puede cambiar en cualquier momento.
Las situaciones de gran inestabilidad política como la actual se caracterizan por grandes subidas y bajadas en la lucha. Es en estos momentos que se hace necesaria una prensa que no sólo hable de las luchas, sino que forme parte de ellas y tenga una cierta influencia en los debates, impulsando las ideas socialistas y revolucionarias. En estos momentos estar implantados en las redes sociales y tener una buena audiencia digital será fundamental, pero será igual de importante o más, tenerla también en la calle, las manifestaciones y los centros de trabajo. No podemos saber si será suficiente tener esta prensa bien enraizada en las luchas, pero lo que es seguro es que, como se ha demostrado durante otros momentos históricos, será clave para construir un movimiento capaz de ser una amenaza real al sistema. * Manel Ros (@manelrosalvador) es militante de En lluita / En lucha Artículo publicado en el Periódico En lucha / Diario En lluita. Tomado de Rebelión.org |
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Ultima actualización ( Domingo 20 de Enero de 2013 17:00 )
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Lunes 03 de Diciembre de 2012 15:09 |
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HOMENAJE A ALFONSO BARRANTES LINGAN EN EL 85 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO Por Federico García Hurtado/Pilar Roca
El primer recuerdo que conservo de Alfonso Barrantes Lingán, tiene que ver con una famosa gresca que tuvo lugar al principio de los sesentas, cuándo ocurrió la expulsión del ex presidente norteamericano Richard Nixon. A la sazón ejercía el rectorado de San Marcos, caracterizado por las turbamultas que se organizaban en el claustro, entre apristas y el escritor y político Luis Alberto Sánchez. Eran también los primeros pasos que ensayábamos en el áspero y muy complicado mundo de la política universitaria. Faltaba mucho todavía para que Alfonso se convirtiera en el famoso “Tío Frejolito” que llenó varias décadas de la vida política contemporánea en el Perú y América Latina. Por entonces sólo era un joven provinciano que utilizaba un terno de casimir negro, anudado por una corbata de tono invariablemente sombrío. Era vox pópuli en La Casona de San Marcos, que la verdadera madre de Barrantes había muerto al poco tiempo de su nacimiento, en uno de las provincias – tal vez la más pródiga y lo más olvidada - de las comarcas de Cajamarca. Se decía que Alfonso guardó luto perpetuo en recuerdo de la difunta y era de todos conocido que se había dedicado o honrar Ia memoria de su madre biológica, sin desmedro alguno de lo tía que se hizo cargo del pequeño huérfano, al que alimentó y educó con admirable dedicación. Ya anciana, casi centenaria y prácticamente ciega, sobrevivió al hombre y al político, en el mismo villorrio donde había vivido la mayor parte de su largo existencia. Nosotros comenzamos o frecuentar al estudiante de leves en la universidad decana de América, sobre todo en la pileta del patio de derecho, convertida en una suerte de club de amigos, que discutían de todo lo divino y lo humano. Pronto, Alfonso el bisoño aprendiz de leyes que gozaba de un señalado prestigio en la facultad se convirtió en una presencia continua y necesaria para el pequeño grupo. Cursaba el primero o segundo año de Derecho, era el más popular, y gozaba del dudoso privilegio de ser el más “chancón” y “tragalibros”. Prefería explicar sus ideas antes que polemizar, tanto con sus compañeros como con los catedráticos. Era sosegado al hablar, menos cuando la réplica de un argumento o la contradicción de una tesis, invitaban al debate y siempre como último recurso. Lo recuerdo atildado y compuesto, con sus lentes de montura grande de carey, que le daban un aspecto de búho que los bichos malos de la facultad motejaban de Cuervo. Esos díos eran muy agitados, se vivían al segundo, siempre en busca del tiempo perdido, entre utopías y ensueños que recién amanecían en el horizonte. Por entonces, Alfonso ya estaba iniciando una etapa de toma de conciencia y responsabilidades, al frente de un conglomerado estudiantil que pretendía nada menos que emular las hazañas de los legendarios barbudos de la Sierra Maestra. Era la etapa en que muchos estudiantes iniciábamos nuestra actividad política, y habíamos fundando el Frente Estudiantil Revolucionario -FER- que se convirtió en muy poco tiempo en la mayor organización homogénea de la izquierdo. Dicho de paso, Alfonso dejó su militancia aprista sin pena ni gloria, sin que Ie temblara un solo pelo de su escasa barba. Se decía que había desdeñado lo invitación que el propio “Compañero Jefe” que le formulara para firmar parte de “Los Dorados”, grupo de élite que los iniciadores del movimiento consideraban como los más auténticos forjadores del partido de Haya de la Torre. Recuerdo aquella mañana en que la presencia del águila imperial en las calles limeños, bastó para que el sordo rugir de la multitud, turbara la anunciado visita del vicepresidente gringo. Aún me parece escuchar las voces en sordina, gritos destemplados, tropezones de guardias de asalto, piafar de caballos, registros y amenazas, pasos al menudeo de estudiantes y gente común. El rector Sánchez había decidido tomarse las de villadiego, apremiado por las apuradas circunstancias, que se fueron organizando entre la Casona y el Parque Universitario. Cazurro y alerta al alto voltaje de la provocación y a los kilates de la sonada, columbró que los acontecimientos tenían un aire de tragedia anunciada y puso los pies en polvorosa, utilizando como sumidero una escalera de caracol estratégicamente disimulada entre andariveles del rectorado y la Cripta de los Héroes. Ocurrió que Alfonso, subido en la pileta principal, improvisó una memorable oración cívica que hizo delirar a tiros y troyanos. Los apristas, subidos a las balaustres del segundo patio, pugnaron por desalojar a los camaradas sin lograrlo, y luego desistieron tras varios intentos fallidos. Nixon y sus barones se ubicaron en las proximidades del parque Universitario, tomado por asalto por los estudiantes. Un “cachimbo” de nombre Ruiz Febres, tuvo que contentarse –traducción al hilo- a repetir una vez y otra, y cada vez con mayor virulencia, los conceptos que había elaborado como una suerte de decálogo para el buen comportamiento en situación de crisis. Recuerdo algunas frases que Alfonso improvisó y que se me quedaron en la memoria como testimonio de aquellos tiempos perdidos. El estudiante aprista dijo algo sobre la democracia en oposición al totalitarismo y el derecho que supuestamente le asistía al señor Nixon para ser oído y escuchado en la sede mayor de la Universidad. Barrantes afirmó su oposición de permitir el acceso al local de la Casona a quien consideraba el más conspicuo representante del imperialismo norteamericano. Señaló con el índice a quienes pugnaban por aproximarse al vicepresidente pese a su repudio generalizado, y resumió su oposición con una frase de impacto que maculó a los pretendidos “demócratas”: -…Estos que se desesperan por estrechar la mano al gringo. Aquellos años yo vivía a muy pocas cuadras del Parque Universitario, en los Barrios Altos, tránsito obligado para estudiantes y pascana para el comedor de San Fernando, nombrado entre bromas y veraz “La muerte lenta”. Muchas veces Alfonso se quedaba en mi pequeño departamento, hablando y reclamando lo posibilidad de apurar con urgencia el estallido de la Revolución. Asegurábamos que pronto se iniciarían las inevitables transformaciones para que la justicia y la igualdad dejaran de ser un desfasado anacronismo, y se convirtieran en la instancia superior del hombre. Hasta entonces seguiríamos anclados en la utopía que no era - para nosotros - uno estación quimérica sino posible. Creíamos en una dimensión tangible al margen de la teoría pura y especulativa. Muchas veces nos quedábamos imaginando ese mundo presentido donde todo era posible, si hacíamos lo debido en el tiempo preciso que pensábamos cercano y necesario. Estudiábamos y manejábamos la teoría con pasión de procesos, a fin de dominar también la práctica a través de un ejercicio cotidiano e intransferible. No había otra razón que nos motivara con mayor apremio que seguir luchando hasta que llegara en verdad la hora suprema de la revolución. Entre las asonadas y los encontronazos con los “cachacos” y “los tombos” se nos pasaba el día y parte de lo noche. Tal vez eran reales o exageradas las preocupaciones que enfrentábamos, viviendo a dos dobles y un repique, edulcorando el acíbar que nos provocaba vivir a salto de mata. Tratábamos de sobrevivir con poco de nada y mucho de imaginación, con énfasis sólo en el trabajo político y en la toma de conciencia. Esto se convirtió en el leit motiv de nuestra apurada existencia que transcurría de prisa y sin pausa en la universidad y en los mentideros del país real. A menudo nos quedábamos hasta que los gallos alborotaban el amanecer cantando en los corralones de un solo caño. Alfonso se acomodaba en un sofá desvencijado, inmune al insomnio y a los trabucazos de la media noche. La primera vez que se asoció al estudiantes de leyes con un amorío, fue con una muchacha que, pese o la fama de chancones que la perseguía como una mala sombra por ser la primera del salón, se daba tiempo para encantar y alucinar a los más prometedores abogados en ciernes. Encima era muy bonita y muy capaz de resolver cualquier problema de derecho o filosofía, con una versación envidiable hasta para los mayores de la facultad. Era evidente que el aprendiz de derecho tenía especial predilección por las materias donde coincidía con la joven al término de una clase. Discreto hasta la exasperación no puedo asegurar si existió entre ellos algo más que un romance o uno de esos ignaros estallidos de pasión que permanecen generalmente en la sombra, debido a su corpulencia. Digo que parecían predestinados a compartir ciertos designios - muy pocos - y que solo algunos privilegiados podían comprender a cabalidad la naturaleza de ese amor. Oficialmente nadie sabía nada, ni se nos ocurrió preguntarles algo más de lo permitido por la discreción y los buenos modales. Para nosotros ambos eran solo los compañeros Barrantes y la compañera fulana, cuyo nombre hace tiempo quedó en el olvido. Aún permanece en el aire el perfume de sándalo que la acompañaba cada vez que se sentaba en la pileta de derecho, compartiendo la vida con poetas, escritores, artistas y políticos, muchos de los cuales alcanzaron nombradía en diversos destinos. Años después, la volví a encontrar cuando el flamante burgomaestre limeño se convirtió en el inolvidable “Tío Frejolito” que ya había dejado en el olvido aquel fugaz episodio de su primera juventud. El lugar -domicilio a casa- que habitaba Alfonso, siempre quedó en el misterio. Se decía que avecindaba cerca de San Marcos y siempre alejado del mundanal ruido. Mantuvo esa discreción hasta que las circunstancias lo obligaron o tener oficina conocida que compartía con otros profesionales. Para entonces yo tenía una casa en La Capullana, discreta edificación en un barrio de clase media. Se movilizaba en su viejo volkswagen que lo acompañó hasta el tiempo de su muerte. Vivía con algunas sobrinas que se turnaban para cuidarlo y protegerlo en caso de necesitarlo. Mantenía su bien surtida biblioteca con orden y siempre renovada con los libros que atesoraba con especial dedicación. Prefería títulos de política y literatura antes que los tratados de su especialidad, como de derecho comparado y filosofía del derecho. Era un devorador nato de poesía que gustaba con delectación, sobre todo aquella que le parecía digna de trasegar como un vino añejo. Tenía una predilección muy especial por los clásicos que leía y releía con verdadero entusiasmo. También desarrolló un sexto sentido para desechar la pacotilla literaria, pese a los marketeos publicitarios de los títulos de moda. Poseía una segunda naturaleza para separar el grano de la paja y descartar lo que era desechable y carente de interés. Cuando fue ungido como Alcalde Metropolitano de Lima, hacía tiempo que había dejado de frecuentar a mi viejo amigo y compañero, no por discrepancias políticas ni de estrategia, sino porque la vida muchas veces prefiere transitar por senderos y senderuelos cuyo rumbo sólo es conocido por el propio Dios. Un buen (o mal) día, me vi complicado en un desagradable asunto judicial de familia, que enredó nuestra relación hasta la virtual ruptura. Alfonso había decidido envolver la madeja por el lado equivocado para mi salud y mi paciencia. Me tomé la revancha de una manera poética y hasta artística. Resulta que por aquellos años comencé a producir muchas películas que tuvieron su momento de efímera fama. En tres de ellas el “doctor Barrantes” aparecía siempre como un “tinterillo” como se dice en el argot pueblerino de Lima y del sur andino, provocando un estruendo de carcajadas cuando el “cagatinta” aparecía en la pantalla. Con su proverbial buen humor asimiló la travesura fílmica y me mandó una emisaria de paz que restañó las heridas hasta que desapareció el más mínimo resquicio del incidente. Quité “El doctor Barrantes” de toda mi filmografía y nuestra vieja amistad cobró nuevos bríos y se volvió entrañable. “El tío frejolito” estaba en La Habana cuando lo sorprendió la muerte, en silencio y tan pobre y solitario como había vivido siempre. La noticia nos dio en el costado izquierdo del corazón, como a tantos que desde entonces no se resignan a llevar el ritual del crespón negro bajo el poncho cordillerano. En beneficio de su recuerdo entono este Ayataki, con toda convicción y llanto muy sentido, seguro de que, por encima de toda consideración política o ideológica, Alfonso Barrantes, fue principalmente un hombre bueno. La Gran Sombra
Cuando el niño sea niño finalmente y tome sin temor su desayuno contigo yantará querido Alfonso, después ya no tendrá los pies desnudos y sentirá tu sombra sobre el mundo.
Cuando la vieja Josefa carde lana con su mano temblorosa ya sin mano, estarás al borde de sus páramos, como un árbol de fuego solitario y nadie tocará tu sombra en vano. Cuando al final sin tropezarse camine la tenaz, la sepultada, la madre inmaterial, tu sombra sombra al comienzo estarás de Ia gran marcha pintando el horizonte con tus lámparas.
No hay rincón de la patria sin tu sombra ni hueco en el abdomen sin tu aliento en el pan de los humildes eres trigo cuero roto en el calzado sin calzado viento fresco en el aire enrarecido.
Duerme a saltos Alfonso que muy pronto en la boca del pueblo serás grito voz que no clamo en el desierto redentora pasión para el postrado aliento de victoria para el proscrito. * Tomado del libro AYATAKI, la canción de los muertos de Federico García Hurtado y Pilar Roca. (Reproducido por Teófilo Bellido)
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NOTA Alfonso Barrantes Lingán nació el 30 de noviembre de 1927, en la Provincia de San Miguel, Cajamarca, donde vivió con su madre. Sus estudios de Derecho los realizó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde se vinculó con el Partido Aprista Peruano con el cual discreparía para adherirse a las ideas socialistas de José Carlos Mariátegui. Fue Presidente de la Federación de estudiantes de San Marcos. En 1980 fundó Izquierda Unida, frente que unió a los diversos grupos de izquierda peruanos, entre ellos el Partido Comunista Peruano, entonces Jorge Del Prado Secretario General. Reconocido popularmente con el apelativo de Frejolito, fue elegido Alcalde Metropolitano de Lima en las elecciones de 1983, ejerciendo el cargo entre 1984 y 1986.
En 1992, Izquierda Unida se disolvió y Barrantes se retiró de la vida política. Falleció de cáncer en La Habana, Cuba el 2 de diciembre de 2000. Sus restos descansan en el Sector Los Sauces del Parque Cementerio Jardines de la Paz en el distrito de La Molina, Lima. |
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Ultima actualización ( Lunes 03 de Diciembre de 2012 15:22 )
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