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Miedo al comunismo PDF Imprimir Correo electrónico
Lunes 06 de Septiembre de 2010 15:54
  

Por: Mercedes Chacín

Periodista venezolana
 

Según el diccionario de la Real Academia Española el miedo es: 1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. 2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. Tendría unos diez años cuando me metieron miedo con el comunismo por primera vez, con aquella frase impresionante: “los comunistas comen niños”. Fíjense en las “bondades” de la frase. Los comunistas son asesinos, pero no sólo son asesinos, sino que asesinan niños y después se los papean. Es difícil imaginarse algo más feo.

  

Treinta años después la creatividad de la derecha sigue incólume. La palabra comunista se sigue usando para aterrar, para infundir miedo. Mientras esto escribo transmiten por un canal de televisión una cuña electoral disfrazada de “micro informativo” donde muestran cómo, supuestamente, “les lavan el cerebro a los niños y a los adolescentes en Cuba”. Igualito que en nuestra juventud, les recuerdo a mis amigos y amigas ex chavistas. Es un video viejo, en él se observa a alguien arengando a unos niños, a completar una consigna. Dura unos segundos, menos de diez. Pero lo bueno es que hay una persona allí, en el estudio, por casualidad suponemos, que analiza el “micro informativo”. Dos segmentos seguidos, para los que les gusta contar los minutos de campaña electoral. Es un politólogo el que se despepita a hablar al mismo estilo del “gurú electoral” venezolano, asesor de Juan Manual Santos. Que si Chávez es Fidel, que si Fidel dijo, que si Lenin, que si Marx… Conclusión: hay que votar por la oposición, “lo que viene es el comunismo”. Pónganse las alpargatas porque lo que viene es la hoz y el martillo.

  

El miedo es libre sólo que en los años 70 los comunistas estaban en Cuba y en la Unión Soviética. Ahora quieren hacernos creer, otra vez, que los comunistas “comen niños” pero están en Venezuela. El control de la información impidió ver una sola imagen de Fidel alguna vez al lado de algún niño. ¿La razón? Porque se los papeaba. Afortunadamente no estamos en los años 70 y la realidad puede acabar con esa “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. Y si Chávez está gordo no es porque se come a los niños.

Y es que quienes estamos acá, quienes vemos la realidad, no porque nos la cuente un supuesto analista que seguramente ha sido beneficiado por algún plan social de la revolución, sabemos lo que es sentir miedo. Y el miedo, aunque libre, no existe a la hora del voto. Eso es propaganda, de la anticomunista más rastrera. Un solo dato basta: la pobreza extrema ha caído en ocho años casi 22 puntos. Y segurito que no fue porque ese gentío comió niños 
Ultima actualización ( Lunes 06 de Septiembre de 2010 16:08 )
 
Naomi Klein y la doctrina del shock PDF Imprimir Correo electrónico
Domingo 05 de Septiembre de 2010 16:23
 

Por: José Luis Herrera Zavaleta*

De su libro Naomi Klein Símbolo de la antiglobalización (Benvenuto Editores), presentado el viernes 3 de setiembre 2010, en el Instituto Cultural Raúl Porras Barrenechea, distrito de Miraflores de la Ciudad de Lima.
 

¿QUIÉN ES NAOMI KLEIN?

  

(Pag. 17-19)

  

La voluminosa obra de Naomi Klein es una seria investigación de carácter socio económico a nivel planetario, una de las más importantes de este siglo. Escrita con un estilo y una claridad sorprendente, se ha traducido a más de 25 idiomas y se han vendido millones de ejemplares. The New Times  la considera la biblia de la antiglobalización. El sistema, que busca integrarlo todo, ha clasificado a Naomi Klein entre los 11 intelectuales más grandes del planeta, el puesto más alto logrado por una mujer. Ha sido reconocida como la persona menor de 35 años más influyente en el mundo. Es titular de la cátedra Miliband en la London School of Economics y Doctora Honoris Causa por la Universidad de King's College de Nova Scotiá.

  

Su último libro La Doctrina del Shock, el auge del capitalismo del desastre ha recibido este año uno de los premios más importantes de Inglaterra. La crítica a su pensamiento es amplia y variada: algunos, debido no sólo al aspecto teórico de su obra, sino a su compromiso con el activismo que se enfrenta a las empresas transnacionales en todo el planeta, llegan a considerarla la Carlos Marx del mundo de la globalización y el ciberespacio; otros ven en ella reminiscencias de RosaLuxemburgo; otros hablan de un neocolectivismo. Sin embargue; Naomi Klein es contraria a todo afán protagonista y más bien es una mujer tímida, alejada de toda forma de dictadura, partidaria de un socialismo democrático y del poder descentralizado en la colectividad, a través de redes comunales.

  

Nacida en Toronto, nieta de un recordado sindicalista norteamericano que organizó la primera huelga en la transnacional Disney World e hija de una artista feminista y de un padre opositor a la guerra de Vietnam que tuvieron que huir a Canadá, por sus venas corre sangre de protesta. Estudiosa e inquieta, alcanzó allí una amplia formación en las áreas de periodismo, filosofía y economía. Vivía en un almacén de diez pisos de un distrito textil que bullía en los años 30 y que, casi abandonado, había devenido un limbo post industrial que ella llama fantasmal, y donde en las décadas de 1920 a 1930 se reunía la célebre organización femenina Unión de Trabajadoras del Vestido; ese fue su lugar y sus recuerdos, y allí Naomi Klein escribió su primera gran obra NO LOGO de la que se han editado millones de ejemplares en más de 25 idiomas.

   

A pesar de la enorme importancia de su obra, su lectura está prácticamente prohibida en muchos países del Tercer Mundo. Las multinacionales de la edición, en el mejor de los casos, ejercen una censura velada por la que sus obras no están en las librerías, o se exhiben como una rareza bibliográfica que hay que pedir con meses de anticipación. En otros países, simplemente no existe.

 

Sin embargo, el prestigio de Naomi Klein es enorme en el Tercer Mundo, se la conoce por referencias en revistas y periódicos, por comentarios en ambientes intelectuales y en las universidades, por algunas emisiones en televisión. Inexplicablemente, en inglés, ni en ninguno de los idiomas al que ha sido traducida, existe un estudio sistemático sobre su obra. Las páginas que siguen son una introducción a su pensamiento y buscan divulgar su obra.   


 

LA DOCTRINA DEL SHOCK

  

(Pag. 65-70)

  

La agenda que han escrito las multinacionales para la globalización no solo incluye la corriente del libre cambio sino también la doctrina del shock, es el rechazo y la represión a toda forma democrática que pueda oponer una resistencia a las privatizaciones y al saqueo de un país. Estos tres aspectos conforman la ideología del nuevo capitalismo en el mundo de la globalización. La enorme publicidad de las multinacionales, como en el caso de las marcas, nos ha hecho creer que el libre cambio está ligado a la libertad y a la democracia. El enorme mérito de Naomi Klein es haber demostrado todo lo contrario: el libre cambio está unido al crimen, al saqueo y a las dictaduras más brutales y a los desastres. Expliquemos la noción de shock tal como la autora la formula.

  

El electroshock, inicialmente por los años 50, fue aplicado en la psiquiatría. Posteriormente utilizado como un método de tortura, el electroshock produce en los individuos la pérdida del control sobre el cuerpo y la mente. Estos individuos quedan desorientados, reducidos, indefensos. Fue la CIA la que primeramente se dio cuenta de que esto puede funcionar de manera idéntica a nivel social. Una persona en estado de shock es similar a un país en estado de shock. Esto interesó a las transnacionales que incorporaron este método como parte de su ideología. El shock se puede aplicar a sociedades enteras, dejarlas sin resistencias y dispuestas a obedecer todo lo que se le impone. Naomi Klein muestra la relación existente entre la terapia del electroshock controlado por la CIA en los años 50, con las dictaduras de Argentina y Chile de los 70, con la política de la industria turística multinacional después del tsunami de Sri Lanka, despojando a los pobladores nativos de sus tierras y playas, con la política de Bush frente al huracán Katrina, frente a Irak, frente a Polonia, frente a Rusia y frente a Sudáfrica, que analizaremos más adelante.

  

El shock en las sociedades se produce por algún acontecimiento brutal, como el caso de una dictadura que siembra el terror, o también por una catástrofe de la naturaleza, un atentado terrorista o una guerra. Esto deja a la gente totalmente confusa y desarmada, el miedo se extiende y las personas se encuentran desarticuladas para pensar y reaccionar con claridad. Sobre estos hechos se ha ido estructurando toda una ideología por la que se aprovecha estos estados para imponer medidas económicas de privatizaciones y de libre mercado, que favorecen negociados millonarios de las corporaciones. La comunidad está aterrada, indefensa, desarticulada y la resistencia a esas medidas económicas desaparece o está reducidas a su mínima expresión durante el estado de shock.

  

Naomi Klein muestra que la economía del libre cambio ha hecho del shock una guía. Cualquier crisis es buena para las transnacionales. Refiriéndose a uno de esos momentos después del golpe de Pinochet en Chile, la autora escribe: "Estábamos confundidos y angustiados, aguardábamos dóciles a seguir las órdenes. La gente sufrió una regresión; se volvió más dependiente y temerosa, recordó el psiquiatra chileno Marco Antonio Parra. Estaban, en otras palabras, en estado de shock. Así cuando los shocks económicos hicieron que los precios se dispararan y los salarios se hundiesen, las calles de Chile, Argentina y Uruguay siguieron despejadas y en calma. No hubo disturbios por la falta de comida ni huelgas generales. Las familias sobrellevaron la penuria saltándose en silencio algunas comidas, alimentando a sus bebés con mate, un té tradicional que quita el apetito, y despertándose antes del amanecer para caminar durante horas hasta su lugar de trabajo y así ahorrarse el pasaje de autobús. Los que morían de malnutrición o de fiebre tifoidea eran ritterrados discretamente" (Naomi Klein 2007: 152).

   

Hay, pues, una ideología del poder de las crisis que ha facilitado la imposición de medidas económicas de privatizaciones y libre cambio. Naomi Klein muestr~i minuciosamente, y en el terreno mismo de los acontecimientos, como en el huracán de Katrina en Nueva Orléans, en el terrible tsunami en Indonesia, en la brutal invasión a Irak, en el Chile de Pinochet o en el 11 de septiembre de las Torres Gemelas en los Estados Unidos, se han aplicado las mismas medidas de libre cambio para enriquecer a las empresas transnacionales, aprovechándose los estados de shock. En el caso del desastre de Nueva Orléans ocasionado por el huracán Katrina, grupos económicos desalmados caían como buitres sobre la ciudad. Era el mejor momento para sus negocios, ya que para ellos ui~ desastre no puede dejar de aprovecharse. Naomi Kleü~ relata como constructores millonarios que se lanzaban sobre Nueva Orléans decían "Tenemos grandes oportunidades". El libre cambio encontró la gran oportunidad de imponer privatizaciones aprovechándose de que las aguas inundaban este ciudad. A1 privatizar la educación ocasionaron un enorme daño a Nueva Orléans. "Tras el 11 de Septiembre, aferrarse a las soluciones del libre mercado basadas en el laissez faire, a pesar de las abrumadoras pruebas de su fracaso, se parece mucho a la fe ciega e irracional de los sistemas de creencias que abrazan los fanáticos religiosos embarcados en una yihad suicida" (2007: 629).

  

Después del 11 de septiembre, el pueblo norteamericano entró en un prolongado estado de cíesconcierto y temor, y de esto se aprovechó Bush para destruir las libertades civiles, invadir Irak, Afganistán, crear Guantánamo. Aquel que se oponía a esta política se le acusaba de estar con Bin Laden, y ser por tanto terrorista: quien no está con nosotros está con los terroristas, decía Bush. "La población, en lugar de exigir a sus gobernantes el cambio de unas políticas claramente ineficaces, entregaba atemorizada cheques en blanco a sus políticos permitiéndoles seguir con más de lo mismo: nuevas rebajas de impuestos para las grandes empresas, nuevos acuerdos comerciales, nuevos planes de privatización. En este clima toda disensión se consideraba antipatriótica" (2001: 625). Se aterrorizaba así a la población y con esto se paralizaba cualquier protesta. Sin embargo, y en estas difíciles circunstancias, en pleno ambiente de terror, Naomi Klein tuvo la valentía de encabezar una corriente de opinión que afirmaba lo absurdo de esta dualidad y, ti la vez, demostró que estas opciones no son las únicas, sino que hay otras alternativas a seguir. Por tanto ni con Bush ni con Bin Laden; ambos son terroristas. Fue apoyada por otra mujer, la notable escritora hindú Arundhati Roy que en esos mismos momentos escribía: Los pueblos del mundo no tienen que elegir entre los talibanes y el gobierno estadounidense; nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura está más allá de estos polos ideológicos fundamentalistas.

   

Así, en términos generales, los grandes desastres del nuevo milenio, las guerras, el terrorismo y las crisis son los escenarios de confusión y de temor ideales para imponer calculadamente una economía ultraliberal unida a las privatizaciones. Conviene ahora preguntarse: ¿Está el libre cambio unido a la libertad y a la democracia?.

  

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* Jose Luis Herrera Zavaleta es egresado de la Escuela Práctica de Altos Estudios- Sección VI de Ciencias Económicas y Sociales, la Sorbona-París y Licrenciado en Filosofía de las Universidades de Lovaina y Madrid. Ha sido onvestigador en la Univeridad Libre de Bruxelles. Publicó en España dos trabajos sobre Freud, Sartre y Lacán, en Ciadernos Hispanoamericanos de Madrid. En Perú ha publicado numerosos artículos y traducido del francés el estudio de Jean Paul Sartre Coloquio Sobre la Antrpología. El año 2007 se publñicó su libro Sartre y el Psicoanálisis. Ha sido profesor ordinario en la Universidad Nacional de Ingeniería y en la Univeridad Peuana Cayetano Heredia.      

 

Ultima actualización ( Domingo 05 de Septiembre de 2010 18:11 )
 
Ayer, cuando todos perdimos PDF Imprimir Correo electrónico
Domingo 05 de Septiembre de 2010 16:22
Por: Antonio Peredo Leigue
 

Los dirigentes del comité cívico de Potosí fueron recibidos como héroes después de la larga jornada de negociación en Sucre, iniciada el jueves 12 hasta ayer lunes 16. Pero, en realidad, los potosinos gritaban su alivio porque terminaron ese largo paro que sufrió cada uno de ellos. Hay muchas heridas que curar. Hay muchos resentimientos que persistirán. Nada de esto puede tasarse en dinero. Quienes hablan de pérdidas en millones para Potosí, para Bolivia y para las empresas de turismo, siguen pensando que el dinero está por encima de todo.

  

Un corto pliego de demandas, seis en total, que estuvo largo tiempo esperando una respuesta, se convirtió en protesta y ésta en un paro que estuvo a punto de estallar en varios enfrentamientos.

  

La minimizada oposición, financiada desde afuera, hizo de las suyas y alentó las posiciones de fuerza. Celebró, seguramente festejó, el desgaste que sufrió el gobierno. Pero no deben engañarse; de aquí no saldrá ninguna simpatía para ellos. El cambio no es un plan de este gobierno, no es el programa de un partido o un frente. El cambio es una necesidad del pueblo y, el pueblo, seguirá adelante con su decisión.

  

Potosí, en su heroica resistencia contra la negligencia de las autoridades, tiene que recuperar todo lo que perdió, porque perdió mucho. Pobre, tremendamente empobrecido, porque dio toda su riqueza a cambio de nada. La industrialización de Europa fue posible, allá en los siglos XVII y XVIII, porque se vaciaron las entrañas del Cerro Rico. ‘Vale un Potosí’ es frase admirativa de riqueza. Pero Potosí, la ciudad de Potosí y todo el departamento, tiene los índices mayores de atraso y pobreza porque nada quedó para ellos.

  

Los bolivianos les debemos mucho a esa región pero, sobre todo, a esa ciudad. Y les debemos, no sólo el despojo de cinco siglos, sino la permanente desatención a sus problemas; desatención que sigue siendo la misma de ayer, de hace diez años y de medio siglo atrás. Perdimos todos nosotros, porque un pueblo nuestro, muy nuestro, dejó de tener confianza en mañana. Así lo dijeron, en medio de la celebración, dos viejos mineros que repitieron: “siempre va a ser así”.

  

Perdimos como gobierno, porque se anunció que el presidente Evo Morales y sus ministros no serían bienvenidos en Potosí. Si, si. En Potosí, allá donde el MAS siempre obtuvo más del 60% de votación. Que el Presidente tiene derecho de llegar a todos los departamentos, a todas las ciudades de Bolivia, es una verdad. Pero también lo es que ya no habrá alegría.

  

Pero ¿qué o quién nos derrotó a todos? Es fácil encontrar culpables. Ya se han señalado algunos y hasta se han mencionado nombres. Aún más: la oposición regocijada publicó fotos de quienes supuestamente ganaron en este conflicto. Nada de esto es cierto. Todos sufrimos una gran derrota. Nos derrotó la visión estrecha, nos derrotó la soberbia, nos derrotó la incapacidad de conversar cada día con la gente. Las puertas han vuelto a cerrarse. Viejas y nuevas paredes separan a las personas.

Nosotros también debemos curar nuestras heridas. Sin protestar, porque nosotros tenemos parte de culpa. Reconociendo nuestros errores, para comenzar a enmendarlos. Se lo debemos a Potosí pero, sobre todo, se lo debemos al país que sigue creyendo en nuestro gobierno. 
Ultima actualización ( Domingo 05 de Septiembre de 2010 18:11 )
 
La orfandad de la estrategia* PDF Imprimir Correo electrónico
Lunes 30 de Agosto de 2010 16:15
  Por: Emir Sader
 

América Latina, un continente de revoluciones y contrarrevoluciones, carece de pensamientos estratégicos que orienten procesos políticos ricos y diversificados que estén a la altura de los desafíos que enfrenta. A pesar de contar con una fuerte capacidad analítica, importantes procesos de transformación y dirigentes revolucionarios emblemáticos, el continente no produjo la teoría de su propia práctica.

  

Las tres estrategias históricas de la izquierda contaron con fuerzas vigorosas en su liderazgo –partidos socialistas y comunistas, movimientos nacionalistas, grupos guerrilleros– y condujeron experiencias de profunda significación política: la Revolución Cubana, el gobierno de Salvador Allende, la victoria sandinista, los gobiernos posneoliberales en Venezuela, Bolivia y Ecuador, la construcción de poderes locales, como en Chiapas, y prácticas de presupuestos participativos, de las cuales la más importante ocurrió en la ciudad de Porto Alegre. Sin embargo, no contamos con grandes síntesis estratégicas que nos permitan usar los balances de cada una de esas estrategias, ni tampoco con un conjunto de reflexiones que favorezca la formulación de nuevas propuestas.

  

El hecho mismo de que esas tres estrategias hayan sido desarrolladas por fuerzas políticas distintas hace que no ocurran procesos comunes de acumulación, reflexión y síntesis. Mientras los partidos comunistas tuvieron una existencia realmente concreta, promovieron procesos de reflexión sobre sus propias prácticas. Mientras existió, la OLAS hizo lo mismo con los procesos de lucha armada. Los movimientos nacionalistas, en cambio, no establecieron entre sí intercambios suficientes para fomentar algo similar. Hoy, las nuevas prácticas no estimulan la elaboración teórica ni la problematización crítica de las nuevas realidades.

  

Las estrategias adoptadas en el continente, sobre todo en sus primeros tiempos, sufrieron el peso de los vínculos internacionales de la izquierda latinoamericana con los partidos comunistas en especial, pero también con los socialdemócratas. La línea de “clase contra clase”, por ejemplo, implantada en la segunda mitad de los años veinte y que dificultó la comprensión de las formas políticas concretas de respuesta a la crisis de 1929 –de las cuales el gobierno de Getúlio Vargas en Brasil es sólo una de las excepciones, al lado del efímero gobierno socialista de doce días en Chile y de manifestaciones similares en Cuba–, fue una importación directa de la crisis de aislamiento de la Unión Soviética en relación con los gobiernos de Europa occidental, y no una inducción a partir de las condiciones concretas vigentes en el continente.

  

Las movilizaciones lideradas por Farabundo Martí y por Augusto Sandino nacieron de condiciones concretas de resistencia a la ocupación estadounidense y expresaron formas directas de nacionalismo antiimperialista. Los procesos de industrialización en la Argentina, Brasil y México surgieron como respuestas a la crisis de 1929. No se asentaron, por lo menos inicialmente, en estrategias articuladas. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) teorizó situaciones cuando, ya al comenzar la segunda posguerra, se abocó a elaborar la teoría de la industrialización sustitutiva de importaciones e, incluso así, era una estrategia económica.

  

Tampoco la revolución boliviana de 1952 diseñó una línea de acción estratégica propia, sólo puso en práctica ciertas reivindicaciones, como la universalización del voto, la reforma agraria y la nacionalización de las minas.

  

Así, ni el nacionalismo ni el reformismo tradicional asentaron su acción en estrategias, sino que respondieron a demandas económicas, sociales y políticas. Cuando la Internacional Comunista definió su posición de Frentes Antifascistas, en 1935, la aplicación de la nueva orientación se topó con las condiciones concretas vividas por los países de la región. Si la línea de “clase contra clase” respondía a las condiciones particulares de la Unión Soviética, la nueva orientación respondía a la expansión de los regímenes fascistas en Europa. Ninguna de ellas tenía en cuenta las condiciones de América Latina, asimilada a la periferia colonial, sin una identidad particular.

  

Esa inadecuación tuvo varios efectos concretos. El movimiento liderado por Luís Carlos Prestes en 1935 se mantuvo a horcajadas entre dos líneas: por un lado, organizaba una sublevación centrada en tenientes; por otro lado, no pregonaba un gobierno obrero-campesino sino un frente de liberación nacional, en respuesta a la línea más amplia de la Internacional Comunista. La forma de lucha correspondía a la línea radical de “clase contra clase”, y el objetivo político, al frente democrático. El resultado fue que el movimiento se aisló de la “Revolución del 30” dirigida por Getúlio Vargas, de carácter nacionalista y popular.

  

El Frente Popular en Chile importó el lema “antifascista” sin que el fascismo se hubiera expandido por el continente. Lo que hubo fue una transposición mecánica del fascismo europeo hacia América Latina, con todos los correlatos de equívocos posibles. Allí, el fascismo se identificó con el nacionalismo y el antiliberalismo, sin ningún sentido antiimperialista. El nacionalismo europeo estuvo marcado por el chauvinismo, por la supuesta superioridad de un Estado nacional sobre los otros y por el antiliberalismo, incluso la democracia liberal. La burguesía ascendente asumió la ideología liberal como instrumento para destrabar la libre circulación del capital de los límites feudales.

  

En América Latina, el nacionalismo reprodujo el antiliberalismo político y económico, pero asumió una posición antiimperialista por la inserción misma de la región en la periferia –en nuestro caso, estadounidense, lo que nos situó en el campo de la izquierda–. Sin embargo, las transposiciones mecánicas de los esquemas europeos del fascismo y del antifascismo llevaron a algunos partidos comunistas de aquel período (en Brasil y la Argentina, por ejemplo) a caracterizar a Juan Domingo Perón y a Getúlio Vargas, en ciertos momentos, como reproductores del fascismo en América Latina. Debido a ello, fueron identificados como los adversarios más férreos que debían ser combatidos. El Partido Comunista de la Argentina, por ejemplo, se alió contra Perón en las elecciones de 1945, no sólo con el candidato liberal del Partido Radical, sino también con la Iglesia y la embajada estadounidense, respondiendo a la idea de que toda alianza contra el mayor enemigo, el fascismo, era válida.

  

La mayor confusión se produjo no sólo en relación con el nacionalismo, sino también con el liberalismo, que en Europa fue la ideología de la burguesía ascendente, mientras que en América Latina las políticas de libre comercio del liberalismo eran patrimonio de las oligarquías primario-exportadoras. No sólo el nacionalismo tiene luz verde aquí, también el liberalismo.

  

Fue ese fenómeno el que provocó la disociación entre cuestiones sociales y democráticas, y la asunción de las cuestiones sociales por parte del nacionalismo, en detrimento de las democráticas.

  

El liberalismo siempre intentó apoderarse de la cuestión democrática, y acusó a los gobiernos nacionalistas de autoritarios y dictatoriales, mientras éstos acusaban a los liberales de gobernar para los ricos y de no tener sensibilidad social, reivindicando para sí la defensa de la masa pobre de la población.

  

Sólo un análisis concreto de las situaciones concretas habría permitido apropiarse de las condiciones históricas específicas del continente y de cada país. Análisis como los realizados por el peruano José Carlos Mariátegui, el cubano Julio Antonio Mella, el chileno Luis Emilio Recabarren y el brasileño Caio Prado Jr., entre otros, todos ellos análisis autónomos que las direcciones de los partidos comunistas a las que pertenecían sus autores no tuvieron en cuenta. En cambio predominaron las ideas de la Internacional Comunista, que contribuyeron a dificultar el arraigo de los partidos comunistas en esos países.

  

Cuando el nacionalismo fue asumido por la izquierda, lo fue como fuerza subordinada en alianzas con liderazgos populares que representaban un bloque pluriclasista. Ese largo período no fue teorizado por la izquierda. Las alianzas y las concepciones de los frentes populares no daban cuenta de ese nuevo fenómeno en el que el antiimperialismo sustituía al antifascismo con características muy diferentes.

  

La revolución boliviana de 1952 fue objeto de interpretaciones enfrentadas porque contenía elementos nacionalistas –como la nacionalización de las minas de estaño– y populares –como la reforma agraria–. Pero la participación activa de milicias obreras que sustituyeron al Ejército, la presencia de una alianza obrerocampesina y las revoluciones anticapitalistas posibilitaron otras teorizaciones sobre lo que existía embrionariamente en aquel movimiento pluriclasista: desde un movimiento nacionalista clásico, nacional y antioligárquico, hasta las versiones que le darían un carácter anticapitalista.

  

La Revolución Cubana cuenta con dos tipos de análisis: el de Fidel, de tipo programático, en La historia me absolverá1, y el del Che, en La guerra de guerrillas2, sobre la estrategia de construcción de la fuerza político-militar y de lucha por el poder. El texto que Fidel pergeñó como defensa en el proceso contra los atacantes del Cuartel Moncada es un extraordinario análisis de elaboración de un programa político a partir de las condiciones concretas de la sociedad cubana de la época. El análisis del Che describe puntualmente cómo la guerra de guerrillas articuló la lucha político-militar, desde el núcleo guerrillero inicial hasta los grandes destacamentos que compusieron el ejército rebelde, resistió la ofensiva del Ejército regular y desató la ofensiva final que los llevó a la victoria.

  

Con todo, ya sea por no existir reflexión al respecto, ya sea para mantener el elemento sorpresa –importante para la victoria–, no hubo un análisis público del carácter del movimiento –si era sólo nacionalista, o si era embrionariamente anticapitalista–. La Revolución Cubana fue constituyendo, a la luz de los enfrentamientos concretos, su estrategia de rápido pasaje de la fase democrática y nacional a la fase antiimperialista y anticapitalista, conforme la dinámica entre revolución y contrarrevolución iba imponiendo las definiciones. Esa trayectoria no fue tanto motivo de reflexión como sí lo fueron las formas de lucha, y en particular la guerra de guerrillas. Ése fue el gran debate en América Latina después del triunfo cubano: las formas de lucha. ¿Vía pacífica o vía armada? ¿Guerra de guerrillas rurales o guerra popular? La articulación de las cuestiones nacional y antiimperialista con las cuestiones anticapitalista y socialista fue menos discutida y elaborada.

  

Las experiencias guerrilleras reprodujeron ese debate, de la misma forma en que el gobierno de la Unidad Popular lo hizo en Chile. Los gobiernos nacionalistas militares, en particular el gobierno peruano de Velasco Alvarado, pero también con menos profundidad los de Ecuador y Honduras, reinstalaron la temática del nacionalismo; sin embargo, su carácter militar no propició su teorización y tampoco fue considerada una alternativa estratégica por la izquierda de aquel momento.

  

El proceso nicaragüense incorporó las experiencias anteriores de estrategias de lucha por el poder y elaboró una plataforma de gobierno poco definida, adaptada a factores nuevos, de los cuales los más importantes fueron la incorporación de los cristianos y de las mujeres a la militancia revolucionaria y una política exterior más flexible. Fue enfrentando empíricamente los obstáculos que encontró –en especial, el asedio militar de los Estados Unidos–, sin contribuir con teorías sobre la práctica que desarrollaba.

  

Así como ocurrió con el caso de la Unidad Popular, la experiencia sandinista fue objeto de una vasta bibliografía, pero no se puede decir que haya conducido a un balance estratégico claro que pudiera dejar una experiencia para el conjunto de la izquierda. El debate sobre Chile estuvo presente en las discusiones de la izquierda en todo el mundo y, por eso, perdió su especificidad como fenómeno chileno y latinoamericano. Los debates sobre Nicaragua, por el contrario, tendieron a centrarse en aspectos importantes como, por ejemplo, las cuestiones éticas, pero no produjeron un balance estratégico de los once años de gobierno sandinista. 

  

Cuando en el mundo la izquierda atravesaba su momento de mayor debilidad, en Brasil se destacaba como una excepción, a contramano de las tendencias generales, sobre todo de los cambios regresivos radicales en las correlaciones de fuerza internacionales. Lula se proyectó como alternativa de dirección política ya en las primeras elecciones, en 1989, al llegar a la segunda vuelta; por primera vez, la izquierda aparecía en Brasil como fuerza alternativa real de gobierno –en el año de la caída del Muro de Berlín y del fin del campo socialista, con fuertes indicios de disgregación de la Unión Soviética y del triunfo de los Estados Unidos en la Guerra Fría y con el retorno a un mundo unipolar, bajo la hegemonía imperial estadounidense–.

  

Por ese entonces, Carlos Menem y Carlos Andrés Pérez triunfaban en la Argentina y en Venezuela, respectivamente, y no sólo extendían así las experiencias neoliberales a fuerzas nacionalistas y socialdemócratas, sino que apuntaban a la generalización de esas políticas en el continente. A eso se sumó la elección de Fernando Collor de Mello, que había derrotado a Lula en Brasil, y la Concertación (alianza de la Democracia Cristiana con el Partido Socialista) en Chile, en 1990. En febrero de ese mismo año el sandinismo fue derrotado en las urnas. Cuba ya había entrado en el “período especial”, durante el cual enfrentaría, con grandes dificultades, las consecuencias del fin del bloque socialista al que estaba estructuralmente integrada.

  

En ese momento, en Brasil se concentraban experiencias que aparentemente hablaban de una nueva vertiente de la izquierda –postsoviética, según algunos; postsocialdemócrata, según otros–. Además de Lula y del PT, los años ochenta habían visto surgir a la CUT, la primera central sindical legalizada en la historia del país; al MST, el más fuerte e innovador movimiento social en el país, y el crecimiento de las políticas de presupuesto participativo en las municipalidades, en general bajo las directivas del PT. Por todos estos factores, la ciudad brasileña de Porto Alegre más tarde sería elegida sede de los FSM.

  

Se proyectaron así sobre la izquierda brasileña, y en particular sobre el liderazgo de Lula y sobre el partido petista, grandes esperanzas de que se abriría un nuevo ciclo de una izquierda renovada. Sin entrar en el análisis detallado de una experiencia tan compleja como la del PT y el liderazgo de Lula, es preciso destacar que, desde el comienzo, se proyectaron sobre ambos expectativas que no tenían fundamento en experiencias concretas ni en los rasgos políticos e ideológicos que esas experiencias asumieron con el paso del tiempo.

  

Componentes de la izquierda anterior y de corrientes internacionales hicieron de Lula no sólo un dirigente obrero clasista, vinculado a las tradiciones de los consejos obreros, sino un dirigente de un partido de izquierda gramsciano, de un nuevo tipo, democrático y socialista. Lula no era nada de eso, pero tampoco era un dirigente a imagen y semejanza de aquello en lo que se había convertido el PT. Se formó como dirigente sindical, de base, en la época en que los sindicatos estaban prohibidos por la dictadura; un dirigente negociador directo con las entidades patronales, un gran líder de masas, pero sin ideología. Nunca se sintió vinculado a la tradición de la izquierda, ni a sus corrientes ideológicas, ni a sus experiencias políticas históricas. Se afilió a una izquierda social –si podemos considerarla de ese modo–, sin tener necesariamente vínculos ideológicos y políticos con ella. Buscó mejorar las condiciones de vida de la masa trabajadora, del pueblo o del país, según su vocabulario se fue transformando a lo largo de su carrera. Se trata de un negociador, de un enemigo de las rupturas, por lo tanto, de alguien sin ninguna propensión revolucionaria radical.

  

Esos rasgos deben ser enmarcados en las situaciones políticas que Lula enfrentó hasta convertirse en el Lula real. Sólo así se podrá intentar descifrar el enigma Lula.

  

Uno de los elementos de la crisis hegemónica latinoamericana es la falta de teorización al respecto. Con excepción del caso boliviano, que puede apoyarse en las producciones del grupo Comuna, en general los avances de los procesos posneoliberales ocurrieron por ensayo y error, y sobre los eslabones de menor resistencia de la cadena neoliberal.

  

Ese proceso ya superó su fase inicial, cuando –como dijimos– obtuvo avances relativamente fáciles, hasta que la derecha se reorganizó y recuperó su capacidad de iniciativa. A partir de entonces, las elaboraciones teóricas que permitan la comprensión de la situación histórica real que enfrenta el continente, con sus elementos de fuerza y de debilidad, sus correlaciones de fuerza reales, concretas y globales, sus desafíos y sus posibles líneas de superación se han vuelto condición indispensable para el enfrentamiento y la superación de los obstáculos.

  

Desde que la hegemonía neoliberal se consolidó, la resistencia a ese modelo y las luchas de los movimientos sociales, incluso la organización del FSM, desplazaron la reflexión hacia el plano de la denuncia y de las resistencias, y soslayaron la cuestión política y estratégica. O sea, se tendió a la definición de un supuesto espacio de la sociedad civil como territorio privilegiado de actuación, en detrimento de la política, del Estado y, con ellos, de los temas de estrategia y construcción de proyectos hegemónicos alternativos y de nuevos bloques sociales y políticos. Esa postura teórica disminuyó con creces la capacidad de análisis de las fuerzas antineoliberales, que casi se limitaron a exaltar las posturas de resistencia y el valor de las movilizaciones de base, en desmedro de las posiciones de los partidos y de los gobiernos.

  

Los nuevos movimientos no contaron con una actualización del pensamiento estratégico latinoamericano en la que pudieran apoyarse, y ni siquiera con balances de las experiencias positivas y/o negativas anteriores. Lo que agravó todavía más la situación fueron los cambios radicales a escala mundial: el pasaje de un mundo bipolar a un mundo unipolar –bajo la hegemonía imperial estadounidense– y del modelo regulador al neoliberal, ambos ocurridos en un período histórico que implicó serias consecuencias para América Latina. Entre ellas, la regresión en los marcos de inserción de los países del continente en el mercado mundial, resultado de la apertura neoliberal, y el debilitamiento de los Estados nacionales.

  Teorizaciones como las de Holloway y Toni Negri aparecían como adecuaciones a situaciones reales que, en vez de proponer soluciones estratégicas, intentaban hacer del vicio virtud. Aunque distintas en sus esbozos teóricos, ambas terminaron por acomodarse a la falta congénita de estrategia por parte de quienes rechazaban el Estado y la política para refugiarse en una mítica “sociedad civil” y en una reduccionista “autonomía de los movimientos sociales”, renunciando a las reflexiones y las proposiciones estratégicas y dejando así al campo antineoliberal sin armas para responder a los desafíos de la crisis de hegemonía, que se hicieron más evidentes cuando la disputa hegemónica pasó a estar a la orden del día.   

Ya analizamos cómo ese factor afectó el proceso venezolano, cómo el boliviano encontró una solución original y cómo el ecuatoriano se apoyó en soluciones híbridas, aunque creativas. El posneoliberalismo trajo nuevos desafíos teóricos que, por las nuevas condiciones que las luchas sociales y políticas enfrentan en el continente, iluminan una práctica necesariamente novedosa y, más que en cualquier otro momento, requieren reflexiones y propuestas estratégicas orientadas según las coordenadas de las nuevas formas de poder. Las propuestas del grupo boliviano Comuna, como mencionamos, son una excepción: constituyen el conjunto de textos más rico con que cuenta la izquierda latinoamericana, un ejemplo único en su historia por la capacidad de conjugar trabajos académicos y análisis individuales de gran creatividad teórica –de autores como Álvaro García Linera, Luis Tapia, Raúl Prada, entre otros–, a intervenciones políticas directas. En estas condiciones, García Linera se convirtió en vicepresidente de la República y Prada fue un importante parlamentario constituyente.

  

Las dificultades para desarrollar una teoría a partir de la práctica que hoy enfrenta la izquierda latinoamericana se deben a varios factores. Entre ellos, podemos resaltar la dinámica asumida por la práctica teórica, esencialmente concentrada en las universidades, que sufrió los efectos del cambio de período en el plano académico: ofensiva ideológica del liberalismo; reclusión en la división del trabajo interno de las universidades, en particular por la especialización; refugio en posiciones poco críticas, que tienden a ser doctrinarias y no dan lugar a las alternativas.

  

Por otro lado, los procesos de superación real del neoliberalismo introdujeron temas alejados de la dinámica de la reflexión académica, como el de los pueblos originarios y los Estados plurinacionales, la nacionalización de los recursos naturales, la integración regional, el nuevo nacionalismo y el posneoliberalismo, que están muy alejados de los que suelen abordarse en los cursos universitarios y de aquellos privilegiados por las instituciones de fomento e investigación. Éstas privilegiaron las propuestas definidas por las matrices fragmentadas de las realidades sociales, desvalorizando interpretaciones históricas globales, y a la vez acentuaron la fragmentación entre las distintas esferas –económica, social, política y cultural– de la realidad concreta.

  

Además, no debemos olvidar los efectos de la crisis ideológica que afectó las prácticas teóricas en la transición del período histórico anterior al actual, con la descalificación de los llamados megarrelatos y la utilización generalizada de la idea de crisis de los paradigmas. A raíz de eso, se abandonaron los modelos analíticos generales y se adhirió al posmodernismo, con las consecuencias señaladas por Perry Anderson3: estructuras sin historia, historia sin sujeto, teorías sin verdad, un verdadero suicidio de la teoría y de cualquier intento de explicación racional del mundo y de las relaciones sociales.

  

Temas esenciales para las estrategias de poder, como el poder mismo, el Estado, las alianzas, la construcción de bloques alternativos de fuerzas, el imperialismo, las alianzas externas, los análisis de las correlaciones de fuerzas, los procesos de acumulación de fuerzas, el bloque hegemónico, entre otros, quedaron desplazados o prácticamente desaparecieron, en especial a medida que los movimientos sociales pasaron a ocupar un lugar protagónico en las luchas antineoliberales. El pasaje de la fase defensiva a la fase de disputa hegemónica ha de significar –como significa en los textos del grupo Comuna y en los discursos de Hugo Chávez y Rafael Correa– una recuperación de esas temáticas, una actualización para el período histórico de la hegemonía neoliberal y la lucha desmercantilizadora. Refugiarse en la óptica de simple denuncia, sin compromiso con la formulación y la construcción de alternativas políticas concretas, tiende a distanciar a una parte importante de la intelectualidad de los procesos históricos concretos que el movimiento popular enfrenta en el continente, y de ese modo lo condena a intentos empíricos de ensayo y error, en la medida en que no cuenta con el apoyo de una reflexión teórica comprometida con los procesos de transformación existentes.

  

La tentación contraria es grande. Dado que Fidel Castro no es Lenin, el Che no es Trotsky, Hugo Chávez no es Mao Tsé-Tung, Evo Morales no es Ho Chi Minh y Rafael Correa no es Gramsci, sería más fácil rechazar los procesos históricos reales, porque no corresponden a los sueños de revolución construidos con el impulso de otras eras, que intentar descifrar la historia contemporánea con sus enigmas específicos. En fin, intentar reconocer los signos del nuevo topo latinoamericano o quedar relegado a los compendios a los que son reducidos los textos clásicos por las manos poderosas y sectarias de quienes tienen miedo de la historia.

  

Refugiarse en las formulaciones de los textos clásicos es el camino más cómodo, pero también el más seguro para la derrota. Las derrotas no se explican por razones políticas, sino morales –y la “traición” es la más común–. La falta de respuesta política lleva a visiones infrapolíticas, morales. El diagnóstico de Trotsky sobre la Unión Soviética es el modelo opuesto: se trata de la explicación política, ideológica y social de los caminos abiertos por el poder bolchevique. Por eso pasó de la tesis de la revolución “traicionada” a la afirmación sustancial del Estado bajo la hegemonía de la burocracia.

  

La defensa de los principios supuestamente contenidos en los textos de los clásicos parece explicarse por sí misma, pero no da cuenta de lo esencial: ¿por qué las visiones de la ultraizquierda, doctrinarias, extremistas, nunca triunfan, nunca consiguen convencer a la mayoría de la población, nunca construyeron organizaciones que estén en condiciones de dirigir los procesos revolucionarios? Se identifican con los grandes balances de las derrotas, pero nunca conducen a procesos de construcción de fuerzas políticas revolucionarias. No es casual que su horizonte acostumbre ser la polémica en el interior de la ultraizquierda y las críticas a los otros sectores de izquierda, sin protagonizar grandes debates nacionales, sin enfrentar centralmente a la derecha o participar de la disputa hegemónica. Aquellos que sólo aparecen en los espacios públicos para criticar a los sectores de izquierda, muchas veces valiéndose de los espacios mediáticos de los órganos de la derecha, perdieron de vista a sus enemigos fundamentales, los grandes enfrentamientos con la derecha.

  

El desafío es encarar las contradicciones de la historia en las condiciones concretas de los países de la América Latina de hoy y desentrañar los puntos de apoyo para así construir el posneoliberalismo. El grupo Comuna supo hacerlo porque releyó la historia boliviana, en especial a partir de la revolución de 1952, descifró su significado, hizo las periodizaciones posteriores de la historia del país, comprendió los ciclos que llevaron al agotamiento de la fase neoliberal, consiguió deshacer los equívocos de la izquierda tradicional en relación con los sujetos históricos y realizó el trabajo teórico indispensable para concertar el casamiento entre el liderazgo de Evo Morales y el resurgimiento del movimiento indígena como protagonista histórico esencial del actual período boliviano. Pudo así recomponer la articulación entre la práctica teórica y la política, y ayudar al nuevo movimiento popular a abrir los caminos de lucha por las reivindicaciones económicas y sociales en los planos étnico y político.

  

Ese trabajo teórico es indispensable y sólo se puede hacer a partir de las realidades concretas de cada país, articuladas con la reflexión sobre las interpretaciones teóricas y las experiencias históricas acumuladas por el movimiento popular con el paso del tiempo. La realidad es implacable con los errores teóricos. La América Latina del siglo XXI requiere y merece una teoría a la altura de los desafíos presentes.

 

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* El texto publicado en este Cuaderno es parte de Emir Sader El nuevo topo: los caminos de la izquierda latinoamericana (Buenos Aires: CLACSO-Siglo XXI Editores Argentina, 2009). Publicado originalmente en portugués: A nova toupeira. Os caminos da esquerda latinoamericana (Boitempo, São Paulo, 2008).

  

1 Fidel Castro, La historia me absolverá, Buenos Aires, Nuestra América, 2007.

  

2 Ernesto “Che” Guevara, La guerra de guerrillas, Buenos Aires, Ocean Sur, 2005.

  3 Perry Anderson. “El pensamiento tibio: una mirada crítica sobre la cultura francesa” en Crítica y emancipación. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales (Buenos Aires) CLACSO, Nº 1, junio de 2008.  
 
Libertad para los 5 patriotas cubanos PDF Imprimir Correo electrónico
Martes 10 de Agosto de 2010 15:40
  

Amigos, en víspera de cumplirse 12 años de cárcel para los 5, con la ayuda de los jóvenes hemos preparado el texto siguiente que deseamos correr por el mundo ¿Desearían ustedes que su firma sea incluida al pie del documento? Si así fuera, les rogamos hacérnoslo saber antes del miércoles 11 de agosto. Es urgente. Un abrazo  

 El Comité Peruano de Solidaridad con los 5  
  

¡INCREMENTAR LA SOLIDARIDAD CON CUBA  Y CON LOS 5…!

  

En vísperas de cumplirse los 12 años de cárcel, ejecutada y dictada por los tribunales de Miami contra René, Fernando, Ramón, Antonio y Gerardo, juzgamos nuestro deber formular un nuevo llamamiento a toda la ciudadanía, a las fuerzas progresistas y a los sectores democráticos de la vida nacional, para incrementar al máximo la solidaridad con  Cuba y con los 5.  

  

Contrariamente a lo esperado, la Defensa de los héroes cubanos víctimas de la odiosidad del Imperio, ha encontrado un camino nuevo para que sea reabierta la causa y se abra una perspectiva de atención a las demandas del mundo que exigen la libertad de estos valerosos luchadores por la paz y contra el terrorismo.  

  

Está pendiente, en los organismos judiciales de los Estados Unidos una diligencia en la materia, la misma que se torna urgente considerando, además, el quebrantado estado de salud de Gerardo Hernández, condenado alevosamente a dos cadenas perpetuas más 15 años de cárcel.  

  

Una vez más debemos formular un llamado al gobierno de los Estados Unidos, y en particular a su Presidente, el señor Barack Obama, para que se escuche la voz del mundo que demanda la atención a esta justa petición humana.  

  

La libertad de los héroes cubanos es hoy una exigencia universal.

     Lima, julio / agosto del 2010 
 
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