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LOS MOTIVOS DEL LOBO
Por Federico García

¿Alan García es realmente el lobo estepario que aparenta, o un simple lobezno asustadizo que hace lo posible para huir del ojo avizor de sus perseguidores?

Su obsesión por hacer todo lo posible para que el Perú salga del Pacto de San José y vote por el aislacionismo internacional en materia de justicia y derechos humanos, abonan al supuesto de “patitas para que las quiero” que supone su singular y malhadado empeño.

Motivos le sobran.

La abolición de la pena de muerte es requisito indispensable para que un país permanezca bajo la jurisdicción supranacional de la Corte. El Perú fue signatario de ese pacto y su compromiso para asumir sus derechos y obligaciones ha sido suscrito en ejercicio pleno de su soberanía y con cabal determinación para cumplirlo. Por tanto, también su compromiso de desterrar la pena de muerte de su orden jurídico.

¿A qué entonces tanto empeño en reclamar la pena máxima para asesinos de niños inocentes, terroristas en actividad o cuánto trasgresor de la ley aparezca para justificar la baba sanguinolenta y el canino presto que parece deformar —todavía más— el mofletudo rostro del señor Presidente?

¿Será únicamente la convicción de que la pena máxima es también la máxima disuasoria del delito?

¡Parece que no!

Pocos —excepción tal vez de Eduardo Adrianzén en acertado artículo de La República— apuntan a los verdaderos motivos del lobo.

No hay que olvidar que los delitos de lesa humanidad, los abominables crímenes contra los derechos humanos —particularmente si se trata de genocidios y verdaderas carnicerías como las que se cometieron en el pasado reciente—, no prescriben y son perseguibles de oficio y los responsables tienen el pescuezo en el banquillo por más que se escondan tras máscaras democráticas o se refugien en el esquinero del tiempo.

Las víctimas del Frontón, los masacrados de Castro Castro, son dedos alzados contra el que, por acción u omisión, permitió tales atrocidades.

La Corte de San José, si la campaña mediática y los buenos deseos del olvidadizo y preocupado líder no se imponen, espera con los brazos abiertos y la espada flamígera de la justicia al tope, a quien, tarde o temprano, deberá rendir cuentas ante un tribunal ajeno a las presiones e influencias de un poder sectario.

Éstos son los verdaderos motivos del lobo y no sólo un evidente y repudiable apetito por la sangre que parece obsesionar al tembloroso jerarca.

 
 



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