Plaza Ramón Castilla N° 67, Lima 1 -Perú- Telf. (51) 330-6106



"Hoy es el tiempo que puede ser mañana"

 

OTROS ENLACES

Página principal.

Resonancias.

El Ortiba.

Poesia.

Cubarte.

El Poder de la palabra.

Fundación Guayasamin.

A Media Voz.

Pura poesia

La Jiribilla.

Casa de las Américas.

Literaberinto.

Con la muerte del poeta peruano perdió Latinoamérica a un buen escritor
Aproximación a José Watanabe
Pedro de la Hoz • La Habana

Cuando en enero del 2002, Casa de las Américas concedió el Premio Honorífico José Lezama Lima al libro El guardián del hielo, por considerarlo la mejor colección poética publicada en América Latina durante el año precedente, muchos tomaron conciencia del peso del autor en la lírica contemporánea de la región.

José Watanabe había nacido y vivía en Perú, en la tierra de César Vallejo, donde la poesía cuenta ha sido cosechada luego por intelectuales de alto rango, como Antonio Cisneros, César Calvo, Hildebrando Pérez y hasta por un guerrillero que no debemos olvidar, Javier Heraud.

En el acta de premiación, la Casa precisaba los valores “de una poesía alejada de todo convencionalismo, donde las profundas y diversas raíces de su autor se entretejen en torno al mito familiar”.

El guardián del hielo prolongaba una obra madura, equilibrada y el mismo tiempo profundamente emotiva, a la que habrá que volver una y otra vez ahora que Watanabe, exactamente este último jueves 25 de abril del 2007, dejó de existir en un hospital de Lima, a los 61 años, víctima del cáncer.

El talento de Watanabe para trascender imágenes y sentimientos a través de la palabra se puso tempranamente de manifiesto, cuando en 1971 se coronó como el Mejor Poeta Joven de Perú por su cuaderno Álbum de familia.

A ese volumen seguirían otros siete poemarios entre los que se cuenta El huso de la palabra, Antígona y el último Banderas detrás de la niebla, publicado a mediados del año pasado.

Además del Premio Casa, que llamó la atención sobre su obra. La puesta en circulación de su libro La palabra alada, hace dos años en España, concitó el interés de la crítica europea, no siempre al tanto de las auténtica novedades líricas de nuestras tierras, y deslumbrada, en este caso, por la contención filosófica y el aliento vital de un poeta más parecido a la naturaleza que a su tiempo.

Conminado en una entrevista a describir su poética, confesó: “Nací en Laredo. Mi escuela estaba a un kilómetro y medio. Para llegar cruzaba mucho campo. Allí aprendí a mirar. Cuando empecé a escribir, me salió de modo natural describir esa naturaleza. Luego, busqué poetas que podían tener coincidencias conmigo”.

Y sobre la definición del arte poética, dijo: “Hay muchas definiciones de poesía. Para mí es una percepción muy fugaz. Algo que veo nítido y contundente, pero de modo muy breve. Cuando deseo trasladar esa visión, esa verdad, que tampoco sé definir, a un poema y ofrecérsela al lector, viene una gran dificultad. El lenguaje es limitado. Entonces siento que todos los poemas que uno hace siempre son aproximaciones, acercamientos, intentos de transmitir esa verdad”.

El maestro de kung fu

Un cuerpo viejo pero trabajado para la pelea
madruga y danza
frente a los arenales de Barranco
Se mueve como dibujando
una rúbrica antigua, con esa gracia, y
sin embargo, está hiriendo, buscando el punto
de muerte
de su enemigo, el aire no, un invisible
de mil años.
Su enemigo ataca con movimientos de animales
agresivos
y el maestro los replica
en su carne: tigre, águila o serpiente van sucediéndose
en la infinita coreografía
de evitamientos y desplantes.
Ninguno vence nunca, ni él ni él,
y mañana volverán a enfrentarse.
-Usted ha supuesto que yo creo a mi adversario
cuando danzo- me dice el maestro.
Y niega, muy chino, y sólo dice: él me hace danzar a mí.

El guardián del hielo

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

La mantis religiosa

Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol
hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm de
mis ojos
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del
Chanchamayo
y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palo seco.
Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza
cáscara.

Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido
a un macho
vacío.
La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:
el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando
hembra
y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
acaso demasiado presta
y dispuesta.
Duradero es el coito de las mantis.
En el beso
ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él
y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido,
que va licuándole los órganos
y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,
y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando
la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho
se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula
a la muerte
Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.

Las enciclopedias no conjeturan. Esta tampoco supone que última
palabra
queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta
del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra
de agradecimiento.

Poema del inocente

Bien voluntarioso es el sol
en los arenales de Chicama.
Anuda, pues, las cuatro puntas del pañuelo sobre tu cabeza
y anda tras la lagartija inútil
entre esos árboles ya muertos por la sollama.
De delicadezas, la del sol la más cruel
que consume árboles y lagartijas respetando su cáscara.
Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje,
y esta otra:
de cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial
y ardió demasiado súbito y desmedido
como si fuera de pólvora.
No te culpes, quién iba a calcular tamaño estropicio!
Y acepta: el fuego ya estaba allí,
tenso y contenido bajo la corteza,
esperando tu gesto trivial, tu mataperrada.
Recuerda, pues, ese repentino estrago (su intraducible belleza)
sin arrepentimientos
porque fuiste tú, pero tampoco.
Así
en todo.

Diatriba contra mi hermano próspero

Mi hermano el próspero
sumergido en su sofá versallesco
preludia
como elefante en suave regocijo
su siesta.
Mira el mar en la falsa profundidad de la pecera
y organiza la tarde como si fuera un negocio.
Sólo oigo girar la rueda de la fortuna
cuando me acerco sigiloso para mirar a través de su ojo
y el caracol que nos anunció el mar que desconocíamos
se ha convertido
en cornucopia.
Lo rodea un aire robusto, un aire de torre gorda
y menos que gusano soy
ante la concurrencia de parientes y público en general.

A veces pienso en mi padre
que nos aguarda a todos entre la niebla
bebiendo el licor de las botellas vacías,
seguro se alegra
seguro me invita un trago
si le arribo sin chequera
y de todos el más escaldado.

El anónimo (alguien, antes de Newton)

Desde la cornisa de la montaña
dejo caer suavemente una piedra hacia el precipicio,
una acción ociosa
de cualquiera que se detiene a descansar en este lugar.
Mientras la piedra cae libre y limpia en el aire
siento confusamente que la piedra no cae
sino que baja convocada por la tierra, llamada
por un poder invisible e inevitable.
Mi boca quiere nombrar ese poder, hace aspavientos, balbucea
y no pronuncia nada.
La revelación, el principio,
fue como un pez huidizo que afloró y volvió a sus abismos
y todavía es innombrable.
Yo me contento con haberlo entrevisto.
No tuve el lenguaje y esa falta no me desconsuela.
Algún día otro hombre, subido en esta montaña
o en otra,
dirá más, y con precisión.
Ese hombre, sin saberlo, estará cumpliendo conmigo.

Resurrección de Lázaro

El poder de su voz venía del convencimiento
de que él era Él,
y así llegó hasta tu sello de piedra
para ordenar que tus carnes entraran nuevamente
en el tiempo.

Y ahora limpia el atroz perfume de la muerte
en agua clara y fresca: lava tus largas vendas
en la corriente del río
como los pobres desaguan los interminables intestinos de ganado
que guisan y comen,
y luego enróllalas
y guárdalas.

Sé, pues, precavido
porque nadie sabe hasta cuándo durará el terrible
milagro.
Él dijo que te levantaras y no dijo más, ninguna promesa.
Tal vez solo tienes apurados días
para contemplar con tus ojos de carne rediviva
a tus hermanas comiendo pan y mollejas.

Debo decirte, Lázaro,
que aquí en Betania ya no tenemos noticias del Milagroso.
Sin profetas nos sentimos muy solos.

Cuando retornes a tu sepulcro
no volverás a escuchar
su voz impertinente detrás de la piedra.

 

 

Arriba