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AGENDA PARA LA DEPENDENCIA
Por Fredy León

Somos un país con una presencia intrascendente, anodina en la escena política mundial. En las dos últimas décadas, hemos sido testigos de como la política internacional del país se ha ido sometiendo por completo al enfoque unilateralista de los EE.UU, y como nuestra cancilleria se ha ido transformando en una suerte de mesa de partes de la embajada norteamericana, dispuesta a seguir a pie juntillas los dictados de la casa blanca.

En los diversos foros mundiales, organismos internacionales, y particularmente, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas del cual formamos parte hasta el 2007, el alineamiento con las posturas estadounidenses es casi automático.

Carecemos de una visión propia y de principios sobre los temas mas importantes que preocupan a la comunidad internacional.

En muchos casos, como lo sucedido durante el intrascendente gobierno de Alejandro Toledo, hemos llegado al extremo de ceder a la tentación de usar nuestra débil presencia en los organismos internacionales como una mercancia de cambio. Ejemplo de ello fue nuestro comportamiento vergonzante en la fenecida Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Ahí acabamos asumiendo el trabajo sucio de poner simplemente la firma a las propuestas elaboradas por el Departamento de Estado. Y todo, a cambio de algunas dádivas económicas.

Sabedores de las enormes brechas que nos separan con la mayor potencia mundial, (nuestro PBI constituye apenas algo mas del 5% del PBI de los EE.UU.), nuestra clase gobernante ha aceptado resignadamente mantener relaciones de subordinación y dependencia con el imperio y servir plenamente a los intereses estratégicos de dominación de los EE.UU. en esta parte del continente. Esta orientación política es muchas veces justificada con el argumento vanal de que esto nos permitira obtener algunos beneficios económicos

Es decir, se ha impuesto una orientación pragmática, utilitarista de nuestra política internacional, en donde al final, son los intereses económicos-financieros de una élite minoritaria los que dictan las pautas de nuestro comportamiento en la escena política internacional.

Bajo este criterio es que el gobierno de Alejandro Toledo llevó adelante el proceso de negociación del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos. En una actitud servil, la comisión negociadora aceptó todas las condiciones impuestas por la parte norteamericana. El Parlamento, en una sesión maratónica, aprobó dicho documento, sin considerar la opinión de diversos sectores de la población peruana que exigian un debate mas profundo sobre el contenido del TLC.

Ingenuamente, Toledo pensó que bastaba con su actitud genuflexa ante Bush para que la Casa Blanca otorgara el visto bueno al Tratado. Han transcurrido más de tres meses y hasta la fecha no existe indicio alguno de que el congreso norteamericano incluya en su agenda de discusión la ratificación de dicho tratado Peor aún, de confirmarse lo que algunas encuestas señalan, de que el partido demócrata obtendría la mayoria en ambas cámaras en las elecciones parciales en noviembre, lo mas probable es que todo vuelva a fojas cero. Y quienes cifraron sus esperanzas en el TLC, deben hoy día estar lamentando la actitud irresponsable de Toledo en la reunión de Presidentes en Quito, de haber dinamitado la inclusión por consenso del acápite sobre el pedido para que Estados Unidos prorrogue las preferencias arancelarias contempladas en la ley de promoción comercial y erradicación de la droga en los andes.

Es decir, tanto haber nadado nuestra débil economía en los mares de la liberalización, para morir ahogado en la orilla de la playa proteccionista del imperio. Y es que, como alguien acertadamente señalo, los Estados Unidos no tienen amigos, lo que tienen son intereses. Veamos sino lo que acontece con Mexico. Fué uno de los primeros países en firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, y diez años despues observa impotente como su poderoso vecino erige un muro en su frontera sur como una medida desesperada para frenar el ingreso de miles de mexicanos que huyen de la pobreza y la miseria en que se encuentran.

En esta coyuntura se inscribe el anunciado viaje de Alan García a los Estados Unidos y cuya agenda principal esta justamente el tema del TLC. Una agenda que no hace sino reforzar la idea de que para Alan Garcia no existe otra alternativa que someterse a los dictados del imperio, aunque para ello tendrá que "negociar de rodillas", porque el gobierno aprista carece de otros instrumentos alternativos que puedan darle alguna fuerza a la capacidad negociadora con los Estados Unidos.

Recordemos que en un hecho anecdótico, Alan Garcia nombró como su “representante personal” al economista Hernando de Soto para que se ocupe única y exclusivamente de “cabildear” entre los congresistas norteamericanos y obtener el apoyo suficiente para la ratificación del tratado. Una decision que fue criticado por diversos sectores, no solo por lo vanal que ello significó, ya que Hernando de Soto, un curioso y veleidoso personaje, está más preocupado en promocionarse a si mismo, que en servir al país que le vió nacer (pero no crecer); sino principalmente porque con esa decisión, Alan colocaba "todas las carnes al asador" en la misma estrategia seguida por su antecesor. Es decir, luego de que Toledo cerrase todas las puertas a una posibilidad de buscar un entedimiento común con las demás economías latinoamericanas para negociar juntos un acuerdo comercial con los Estados Unidos en mejores condiciones, Alan García sigue insistiendo en la misma estrategia negociadora de "la sardina con el tiburón" y en donde los beneficios que obtendrán un pequeño pero poderoso sector exportador, significará la ruina de miles de pequeños productores agricolas.

El dilema no radica en tener o no tener acuerdos comerciales con los Estados Unidos. Nadie que este en su sano juicio puede negar la importancia que tiene para nuestro pais mantener relaciones comerciales con la primera economía del mundo. La cuestión central está en ¿Qué se negocia?, ¿cómo se negocia? y ¿en beneficio de quién se negocia?. Es ahí donde radican las críticas principales al tratado negociado por el gobierno de Toledo y que Alan García busca implementarlo, porque la experiencia nos demuestra que entre economías asimétricas es dificil encontrar niveles de complementariedad que otorguen beneficios mutuos a ambas partes.


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